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Sentir la poesía y luego escribirla es una forma de vivir la vida, desde una plataforma levemente más elevada. Es ser un observante agudo y sensible de los movimientos humanos y de cómo éstos afectan el ánimo, las relaciones y el devenir del mundo.

Escribir y entregar poesía, en algunos momentos es complejo, porque te pones cara a cara con aquello que denota pena o dolor. En otros, es balsámico, porque significas lo grato y la belleza. Al cerrarse ciclos, todo es un crecimiento que se agradece. Lo emblemático es que mi poesía radica en la realidad, ya sea en una verdad nacida de una experiencia propia o de una honda observación del prisma universal.

En mi caso que soy una autodidacta, siento que he ido madurando a través de mis textos, tanto en el estilo como en mi interpretación de los sucesos. Cuando comencé, no imaginé que esto se transformaría en algo tan trascendental. Entré en una bondadosa senda de luces y sombras, sin retorno, sin arrepentimientos. Dar a conocer lo que escribo no fue fácil al inicio, pero con el tiempo me ha regalado una libertad maravillosa y me siento privilegiada por ello.

Como todas las artes, hacer poesía es una forma de cuestionar, diseñar, concretar y drenar imágenes que cumplan una misión. En ello siento que lo divino pone su mano así como la puso en mi hombro, desde que comencé a conocer y desarrollar el arte de escribir.

Así es mi historia: breve, simple, sensible, romántica. Un reflejo de mi mundo interno, de mi esencia. Me siento bien conmigo misma por mirarme de frente hacia lo profundo, de escuchar mi voz interna y concluir que todo lo transitado vale la emoción que conlleve, en este inigualable y maravilloso camino de iluminación que es la vida.
El día que mi alma se eleve a otra dimensión, quisiera que quienes me quieren y valoran, me recuerden a través de mis versos. Será mi legado, mi forma de consolar mi ausencia y de decirles eternamente que los amo.


Paty Carvajal