En una tibia mañana de noviembre, me recosté más apegada
que nunca a su piel y puse mi mano en la suya, diciendo mucho sin decir nada…
sabiendo ambos, se acercaba el fin.
Juntos miramos, como tantas veces, la fuga de los
últimos trazos de noche, mientras lento y bello danzaba el ballet del alba en
nuestra ventana.
Y cuando un rayo de luz llegó a nuestros rostros, él me
acarició y… suspirando un te amo… dejó esta vida y a mí, esfumándose como la
brisa en el viento, al unísono que en el cielo, se dormía la última estrella.
En un segundo eterno, el brillo se volcó hacia su carruaje de nardos, hecho de los
vestigios de aquella luna llena…
Sentí que una ráfaga fría me cruzaba el alma y entendí
que ya nada podía hacer, solo rogarle me aguardara en la eternidad, con un
renovado azul esperanza en su mirada.
Luego le abracé y lloré… lloré tanto… como nunca antes
yo recordaba y me despedí, le besé una y otra vez, queriendo que sus labios jamás
se enfriaran.
Le hice este recuerdo y lo coloqué en su pecho. Nunca
más pude escribir ni un solo verso.
P-Car


