Hoy te vi
sin que pudieras
sentir mi
presencia.
Fue extraño,
a la vez de fácil.
Y es que por
vez primera
te contemplé sin
amor.
Sentí compasión:
tu rostro lucía,
grave y opaco.
Tu mirada,
perdida y abatida.
La distancia
entre los dos
era mayor
a la humanamente
medible.
Y el silencio
era aún más
temible
que el
silencio de una cripta.
Lo único que
nos unía…
era el aire
que respirábamos
infecto de olvido.
Me producía
aprehensión
que entrara a
mis pulmones.
No sentí ni
por un segundo
el impulso de
acercarme
de mirarnos,
de hablarte.
No nació ni
un milímetro
del viejo deseo
de abrazarte
y de que tú,
con un beso,
me
derritieras la piel
y con ello,
mi juicio,
hasta el siguiente
alba.
Debo confesar
que
un escalofrío,
único,
me recorrió
entera:
concluyente y
frío.
No fue por la
mortandad del sentimiento
sino, por el
alumbramiento
de un nuevo
albedrío.
Avispada, di la
vuelta
antes de que
me vieras.
Por mis venas
y el río lindante
se licuaba -desaparecía,
moría-
el anchuroso y
aciago luto
que creí horrendamente
infinito.
Fue bueno
saber que no lo era,
mejor dicho ¡clemente
y mágico!
Regresando
por una atmósfera
solo para mí,
rosada y tibia,
tranquila cavilaba...
lo que hace
la decepción:
ligeros treinta
segundos, eficaces,
sepultaron para
siempre
una infinidad
de épicos años.
Y entonces,
mirando al cielo,
exclamé con
el alma:
¡Gracias!
.
.
.
P-Car
N°1235 – 19.06.2021
Derechos
Reservados
Propiedad
Intelectual
Protección: Safe
Creative
📷 de Internet
(ante cualquier advertencia
será retirada de inmediato)









