Ella
pertenecía
al sudoroso reloj
a la fatigada
sábana
a los espejos
con vapor
a los escaparates
vacíos
y al estupefacto
invierno.
De aquel arrabal,
ella era
la heredera
número uno
de una suculenta
pobreza.
Más, hacía
todo con perfección:
su casa lucía
linda y ordenada,
con muy poco,
cocinaba sabroso
y su prole contaba
cada mañana
con su ropa
limpia y planchada.
Su esposo era
de horario extenso
y llegaba
siempre muy cansado.
Ella a veces se
arreglaba...
pero él no le
ponía atención.
Ella creía que
igual le gustaba
así no le dijese
ni una palabra.
Sus lágrimas
estaban por doquier...
en el ropero,
en la despensa, en la sala
en el jardín
y en el tan andado camino
hasta el
borde de un reguero vecino.
De su pena...
ella no sabía la razón
ni la causa
de no querer descifrarla.
Ella no era
luz ni sombra,
nada entre
mucha nada...
pero, en su
delgado cuerpo
contenía una
bella alma...
porque ¡ay
Dios! ella
amaba a su
familia
con todo su
corazón.
Era todo lo
que tenía
en su
invisible vida.
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P-Car
Paty Carvajal-Chile
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Imagen: Dima Rychkov















